FOTOCOL

OLGA PEÑA
Galería Debajo del Sombrero
Del 17 de abril al 23 de mayo, 2026

Hay algo en Olga Peña (Madrid, 1997) que pudiendo parecer anecdótico, descubre el valor y la significación que tiene para ella el apego que le une a sus muñecos, al punto de que no le sea suficiente su presencia material, para que se sienta impelida a dibujarlos una y otra vez, sin agotar la fuente de la que brota el encanto que le despiertan.

Eso sugieren los muñecos y muñecas con los que cada día le vemos llegar al Estudio, tirando de un carro de la compra o de un maletín que le acompaña a todas partes, en cuyo interior los guarda revueltos sin que le preocupe  en absoluto. Tan solo cuenta para ella que están ahí.

No debe ser una simple cuestión de capricho porque en Olga tampoco hay signos que permitan sospechar codicia alguna. La generosidad de su carácter desprendido, que transmite a sus dibujos en el arrojo con que los acomete, sin calcular para nada el resultado que pueda obtener, dicen más bien lo contrario. Ha de ser otra la causa que le impide evitar la necesidad de actualizar el recuerdo del muñeco por medio de su efigie. Como si cada día le tuviese reservado ese recuerdo a uno o a unos cuantos, sin que a Olga le importe cuál de ellos sea, porque todos son en definitiva un poco únicos y el mismo.

Ese pase de revista diario al que Olga convoca a la Masa, Superman, Spiderman, Ken, alguna que otra Barbie, y multitud de muñecas Monster High…, invita a hacer un guiño cariñoso y cómico a tono con el aspecto histriónico y exagerado que muestran sus retratos. Ya que ellos también son celebridades, parece como si aguardasen su turno para pasar por el Photocall lo mismo que los famosos del cine y la televisión, luciendo sus perfiles más excesivos y exuberantes. Proyectados hacia afuera, como si no cupiesen en sus cuerpos, y al mirarlos los sintiésemos desbordar de sus propios límites.

Los personajes de Olga tienen algo frondoso y superabundante, ganado a base de aplicar capas de color que cobran con cada nuevo envite un nuevo grado de espesor, saturación y vibración cada vez más intensos. Algo que surge solo, sin haberlo buscado, fruto de la ligereza y ausencia de conflicto desde la que Olga pinta